El
poeta se apoya, durante el tiempo de su vida,
en
algún árbol, o en el mar, o en el talud, o en un
determinado
color de nube, por un momento, si así
lo
quiere la circunstancia. Su amor, su sorprender, su
felicidad
tienen su equivalente en todos los lugares a
los
que nunca fue, a los que nunca irá, entre los
extraños
a quienes no conocerá. Cuando se levanta
la
voz en su presencia, y se le apremia a aceptar
miramientos
que retardan, si a propósito de él se
invoca
a los astros, responde que es del país de al
lado,
del cielo que acaba de hundirse.
El
poeta vivifica, corre luego al desenlace.
Al
atardecer, pese a algunos hoyuelos de aprendiz
de
la mejilla, es un caminante cortés que precipita
las
despedidas para estar presente cuando el pan sale
del
horno.

la razón de ser expresada en muy bella forma, felicidades, muy bueno, me encantó.
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