24 enero 2018

Stephen Dunn, Nuestros padres

                        
 Para mi hermano

Nuestros padres murieron al menos dos veces,
la segunda cuando olvidamos sus anécdotas,
o no pudimos figurarnos cuántas veces ansiaron el amor,
o se sintieron inútiles, o anhelaron algo de justicia
en este mundo. En la tumba, su necesidad
por nosotros es pura, están perdidos sin nosotros.
La luna de miel que pasaron en La Habana subsiste o no
subsiste. Aquellos últimos días de agosto en las Catskills...

Podemos tomar la decisión de hacerlos felices.
¿Qué es el pasado sino un trabajo inconcluso,
pantanoso, fecundo, seductoramente revisable?

Uno de nosotros ha dedicado su vida a desarrollar un respeto
por la debilidad de las palabras, el otro por aquello
a lo que hay que aferrarse; quizá tengamos una oportunidad.

Tratamos de contar qué sucedió en aquella primera casa
en la que fuimos, como casi todos los niños, los únicos
necesitados sobre la Tierra. Recordamos
qué se nos prohibía, a quién le daban el trozo más grande.

Nuestros padres, mientras, debían de desear algo
a cambio de nuestra parte. Sabemos lo que es, ¿no es cierto?
Ya llevamos vivos el tiempo suficiente.
 Stephen Dun
Canadá
San Juan de Terranova, 18 de enero de 1989 

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