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02 noviembre 2018

Tristan Tzara: Elegía

El alma vieja, amada, quieres que sea como las flores del verano
durante el invierno los pájaros están encerrados en sus jaulas

Te quiero como espera la colina el cuerpo del valle
o como la tierra espera la lluvia espesa y fértil

Te espero en todos los atardeceres en la ventana, deshilando abalorios
colocando los libros, leyendo mis versos

Y ahora me alegro cuando en el patio ladran los perros ladran los
[perros
y cuando llegas para quedarte conmigo hasta mañana hasta mañana

Mi alma feliz es como nuestro cuarto cálido
cuando sé que está nevado y las calles se visten de blanco.
Tristan Tzara
Rumania
Moinești, 16 de abril de 1896

Paris, 25 de diciembre de 1963 

22 octubre 2018

Emilio Ballagas: Elegía sin nombre (Fragmento)

Yo andaba, andaba, andaba
en un andar en andas más  frágil que  yo mismo,
con una ingravidez transparente y dormida
suelto de mis recuerdos,  con el ombligo al viento…
Mi  sombra iba a mi lado sin pies para seguirme,
mi sombra se caía rota, inútil y magra;
como un pez sin espinas mi sombra iba a mi lado,
como un perro de sombras
tan pobre  que ni un perro de sombras le ladraba.
Emilio Ballagas
Cuba
Camagüey, 7 de noviembre de 1908
La Habana,  11 de septiembre de 1954

18 septiembre 2018

Margarita Michelena: Elegía

Imaginad un árbol con las ramas por dentro,
ahogado por su propia e imposible corona
y que cautivo lleva ‒aniquilándole‒
el fruto no vertido de su sombra.

    Esto soy yo. La soledad sin brazos.
Un mar que, despertando, ya es arena,
muriendo solo bajo el mismo grito
que imaginó poner entre sus ondas.

    Yo venía
de ser raíz para subir a sueño,
de ser oscuridad a dividirme
en el sereno reino de mis hojas.
Subiendo estaba y encontré esta muerte
de no ser sino el árbol que encerrada
lleva su irrealizable primavera,
su fuerza inútil de imposibles ramas
que no verán jamás a las estrellas.

    Esto soy nada más. Raíz desnuda.
Un viaje que pensó que se movía
hacia el diáfano fuego de la rosa
y se quedó en su origen de ceniza,
más que nunca en la planta desde donde
creyó subir por la escalera angélica.

    Y estoy sintiendo lo que siente un sueño
cuando va a florecer y es despeñado
desde los mismos ojos que lo sueñan.

    Soy la que nada poseyó. La oscura
desesperada soledad terrible,
quien jamás conoció sus propios brazos
ni los colmó de llanto y de dulzura.

    No se crea en la voz que se me escucha,
que no es ésta mi voz. Y este poema
no es siquiera una rama… No es siquiera
una sospecha de mi oculta sombra.

    Tan sólo quedó aquí del mismo modo
que en la orilla del mar a veces queda
‒testimonio de muerte y abandono‒
el lúcido esqueleto de una perla.
Margarita Michelena
México
Pachuca de Soto, 21 de julio de 1917
Ciudad de México, 27 de marzo de 1998

30 enero 2018

María Mercedes Carranza, Elegía

Caminaba mirando el cielo
y me fui de narices.
Ahora echo sangre por todas partes:
las rodillas, el aire, los recuerdos:
mi falda se desgarró
y perdí los aretes, la razón.
¿No hay en el alma
una manera otra
de vivir un desamor? 
Mª Mercedes Carranza
Colombia
Bogotá, 24 de mayo de 1945
Bogotá, 11 de julio de 2003

28 diciembre 2017

Rosario Castellanos, Falsa elegía

Compartimos sólo un desastre lento
Me veo morir en ti, en otro, en todo
Y todavía bostezo o me distraigo
Como ante el espectáculo aburrido.

Se destejen los días,
Las noches se consumen antes de darnos cuenta;

Así nos acabamos.

Nada es. Nada está.
Entre el alzarse y el caer del párpado.

Pero si alguno va a nacer (su anuncio,
La posibilidad de su inminencia
Y su peso de sílaba en el aire),
Trastorna lo existente,
Puede más que lo real
Y desaloja el cuerpo de los vivos.
Rosario Castellanos
México
Ciudad de México, 25 de mayo de 1925
Tel Aviv, Israel, 7 de agosto de 1974

04 octubre 2017

Aimé Cesáire, Elegía

El hibisco no más que un ojo reventado
de donde pende el hilo de una larga mirada, las trompetas de esparavanes
el gran sable negro de los flamboyanes, el crepúsculo llavero siempre tintineante
las arecas indolentes soles que jamás se pusieron por traspasadas por un alfiler que las tierras que se saltan la tapa de los sesos
no dudan nunca en incrustarse
hasta el corazón, los fantasmas horrorosos, Orion
la extática mariposa que los pólenes mágicos
crucificaron sobre la puerta de las noches cimbreantes
los bellos tirabuzones negros de las cañafístulas mulatas
altaneras cuyo cuello tiembla levemente bajo la guillotina

y no te sorprendas si en la noche gimo más hondamente o si mis manos estrangulan más sordamente es el tropel de viejas penas que hacia mi olor negro y rojo en escolopendra
alarga la cabeza y con una insistencia en el hocico aún blanda y desmañada busca más dentro mi corazón de nada me sirve entonces apretarle contra el tuyo y perderme en la espesura de tus brazos que acaba por encontrarlo y muy gravemente de manera siempre nueva
lo lame amorosamente
hasta que brota salvaje la primera sangre
bajo las bruscas garras desplegadas del desastre.
Aimé Cesáire
Martinica
Basse-Pointe, 26 de junio de 1913

Fort-de-France, 17 de abril de 2008

28 septiembre 2017

Salvatore Quasimodo: Elegía

Gélida mensajera de la noche,
has regresado limpia a los balcones
de las casas destruidas e iluminas
tumbas ignotas, desolados restos
de la tierra humeante, aquí reposa
nuestro sueño. Y te vuelves solitaria
hacia el norte, donde todo corre
sin luz hacia la muerte, y tú resistes.
Salvatore Quasimodo
Italia
Módica, 20 de agosto de 1901
Nápoles, 14 de junio de 1968
 Nobel de Literatura en 1959

15 diciembre 2016

David Bonells, Elegía

Cómo duele en la tarde tu elegía,
cómo pesa el olvido,
cómo pasa la noche en la penumbra…
Lenta: negra;
todo lo envuelve y lo reparte.
Nos dice:
Esta es tu tumba; duerme,
esta es tu noche; vela,
estas son tus palabras:
háblame, nómbrame, llámame…
Regresabas de un viaje,
y aún sin terminarlo,
te alcanzaron las sombras
de otro viaje más largo.
Y te fuiste apartando lentamente
sin importarte el aire
ni la fruta redonda
que esperaba tu aliento.
Desdoblaste recuerdos;
triste camino de nieves
en la oscura memoria
vencida por la muerte,
que te llevó sin rumbo
al ilimite abismo de la noche y el polvo.
Ahora;
vas pintando tus dientes
con la eterna sonrisa del árbol.
Vas calando tus huesos,
vas librando batallas
sobre el patio de piedra y de fósforo.
De golpe te detienes!
Tratas de volver al mundo,
a ser humano.
Pero la tristeza de los tuyos
te detiene.
El viento del exilio;
te devuelve al fantasma.
Las palabras del padre
te condenan al alba…
Ya no puedes volver por tus zapatos;
marchas…
fabricando poemas con tus labios…
fabricando nostalgias
con tus guijarros negros, derribados…
Cada mano encontrará el calor entre las tuyas
que fueron refugio de preguntas y senos.
Pero a pesar de todo;
nadie sabe
quién llorará esta noche tus cenizas,
ni quién se pondrá de espaldas a la luna
para reflejar en tu morada oscura
toda la estatura de su sombra.
Todo el calor descalzo de los días
entre el tiempo y el agua,
quién te partió los labios.
Nadie sabe
ni quen recibió de tus brazos
el último abrazo.
Nadie comprende las cosas que tenías,
eso de morir así: estrellando un poema
contra un árbol.
Nadie conoce tus pasos,
ni quien recibió en su piel
las últimas huellas de tu tacto.

 David Bonells
Colombia
 Chía, Cundinamarca, 1946

12 diciembre 2016

Ricardo Cuéllar Valencia, Elegía I

Nada me deslumbra más que tu sencillez
En cada palabra y gesto que dibuja tu cuerpo
Luz viva de la vida viviéndose
Luz viva de la vida mirándose
Y como una gota ardiendo en soledad que se derrite.
Gozo al observarte tímida y tierna, franca y limpia.
Oigo tu corazón perturbado, dubitativo,
nublado, tal vez, apretando la sangre
zarandeándolo para escuchar su joven música
al ritmo de otro canto, de una fiesta que se anuncia.
La vida nos une de la mano del azar
en un dulce juego, extraño y travieso.

Zagala encantadora, déjame acariciar tu corazón.

Ricardo Cuéllar Valencia
Colombia
Calarcá, 1946

03 diciembre 2016

Sophia de Mello, Elegía

Aprende
A no esperar por ti pues no te encontrarás

En el instante de decir sí al destino
Incierta te detuviste enmudecida
y los océanos después sin prisa te rodearon

A eso llamaste Orfeo Eurídice-
Incesante intensa la lira vibraba al lado
Del desfilar real de tus días
Nunca se distingue bien lo vivido de lo no vivido
El encuentro del fracaso-
Quién se acuerda del fino escurrir de la arena en el reloj
Cuando se alza el canto
Por eso la memoria sedienta quiere venir a la superficie
En busca de la parte con la que no diste
En el ronco instante de la noche más callada
O en el secreto jardín a orillas del río
En junio.

Sophia de Mello
Portugal
Oporto, 6 de noviembre de 1919/
Lisboa, 2 de julio de 2004
 

12 octubre 2016

Elmer Calderón Jaramillo, Elegía para ella

Ayer eras una cordillera infinita,
unos musgos negros y erizados de frío,
una campesina haciendo canastos;
unas manos germinales desgranadas de sol,
o una garza descansando en un potrero.

Ayer ibas en mi morral entre palmas de cera,
relucías conmigo bajo el sol de enero,
mientras caía la tarde polvorienta
desde un silencio glacial, en las alturas.

Ayer estabas entre mis manos
mientras caminaba entre unos pinos,
eras una mariposa cenicienta sobre un tronco,
y llenabas el camino breve hasta mi casa.

Ayer quise traerte hacia mis rejas
y te quedaste enredada en las breñas del follaje.
Pero andarás por ahí y eso me basta.

Que cerca siento tu alegría de canciones.


Elmer Calderón Jaramillo
Colombia
Caicedonia, Valle del Cauca, 1962/

14 octubre 2013

Carilda Oliver: Elegía para decirme

Yo le recuerdo aquí: donde me duele
el color que le trajo a mi esperanza;
y le recuerdo aquí porque soy triste
y ya no puedo echarme entre sus lágrimas.

¿Qué corazón saldría de este insomnio
si yo supiera ser una muchacha;
si no me pareciera tanto a mis ojeras,
ni a esta tarde de invierno, así doblada!

Pero me acuerdo aquí de que anda lejos
el que vivió a la vuelta de mi espalda.
Me acuerdo de su nombre perezoso
que casi no quería ser palabra.
Me acuerdo de su risa mal abierta
riñéndole por dentro a la mirada,
y de su frente que crecía;
y de su voz inútil como el alba
y de un secreto que quedó inconcluso
aquel domingo en que amó la nada.

¿Qué corazón saldría de este insomnio
si yo supiera ser una muchacha!
Pero me duele aquí, donde me canso, 
aquel hombre agobiado por crisálidas. 
Pero me duele aquí, donde soy sola,
esta verdad metida entre dos alas.
Qué corazón saldría de este insomnio...

Pero soy todo el blanco que se acaba,
y no me porto bien con la alegría
por lo que traigo al sur de mi garganta.
 Carilda Oliver
Cuba
Matanzas,  6 de julio de 1922
Matanzas; 29 de agosto de 2018

14 octubre 2012

Pablo García Baena, Elegía

Me envuelvo en tu recuerdo
como en nieblas secretas que me apartan del mundo.
En la calle sonrío al amigo que pasa,
y nadie,
nunca nadie
adivinó mi muerte bajo aquella sonrisa
ni el frío sin consuelo de mis ojos que ciegan
pidiendo de los tuyos más desdén,
más veneno.
Ahora que la tarde se derrumba en las sombras,
y que el libro de versos resbala por mis manos,
ahora que la lluvia llora por los cristales
de mi ventana,
y llanto va a caer de mis ojos,
antes de que una mano encienda la dorada
llama de mi quinqué,
dime si tú no sueñas en tu balcón, ahora
que la lluvia nos une a los dos con sus lágrimas,
o si sobre el teclado de tu piano oscuro
agoniza Chopin
bajo tus manos trémulas.
Nunca sabrás el loco deseo que me tortura
de cautivar tus labios bajo mi boca ávida,
y sentir el latido de tu sien en mi mano
aprisionada como un pájaro aterido.
Pero no sabrás nunca nada de mi deseo.
Nada de cuando pienso desgarrar con mis dientes
los azules canales de tus venas
y juntos
morirnos desangrados, confundidas las sangres.
Pero estamos ajenos.
Yo sigo en mi ventana,
y tú soñando en otro mientras Chopin suspira,
ahora que aún no arde en mi quinqué la luz
y que a los dos nos une la lluvia con sus lágrimas.

Pablo García Baena
España
Córdoba, 29 de junio de 1923
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23 agosto 2011

Alfonso Chase: Elegía

Cuando dos que se han amado se separan
-para siempre-
algo se quiebra en el orden interno
de la noche.
Una mano llama al guante ya perdido
y un hálito
se posa tibiamente en la heredad
del árbol.
Cuando dos se dicen adiós ante el espejo
-sin tocarse-
apoyando los dedos en las sombras
la forma detiene el tiempo,
y en el agua
la luz adquiere imagen de ventana.
Puede ser que esa luz
en forma deslumbrante se haga ancha
como el mundo
y un pájaro multicolor caiga desplomado,
herido por la sed
que media en el instante
de esos dos que alguna vez se amaron para siempre.
Cuando dos que se aman todavía
-se separan-
algo los cubre suavemente
y un lenguaje tácito se nace
en el sitio en que esos dos dejaron
la recíproca tortura de olvidarse.
Algo envejece para siempre sobre el aire.
Posiblemente se suicide un ángel de tristeza
al mirar cuando esos dos desaparecen
-separados por pasos y por besos-
inventando historias y cantando,
mojados y oscuros de una lluvia
que refleja el rumor de sus palabras.
Cuando dos que se amaron se separan,
el verano sube sobre las alas de la noche
y una hoja, sobre el azul del cielo,
abre los ojos y oculta su estupor
con un conjuro.
Cuando dos que se aman se separan
-sin rencores o espadas-
un fantasma encantado cobra vida
y se inclina a recoger
a esos dos labios,
desnudos para siempre de lenguajes.
Alfonso Chase
Costa Rica
Cartago,  19 de octubre de 1944

26 septiembre 2009

Miguel Hernández, Elgía a Ramón Sijé

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
ha muerto como el rayo, Ramón Sijé,
a quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo voy
de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


Miguel Hernández
España
Orihuela 30 de octubre de 1910/ Alicante 28 de marzo de 1942