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11 abril 2017

Antonio Gamoneda, Después de veinte años

Cuando yo tenía catorce años
me hacían trabajar hasta muy tarde.
Cuando llegaba a casa,
me cogía la cabeza mi madre entre sus manos.
Yo era un muchacho que amaba el sol y la tierra
y los gritos de mis camaradas en el soto
y las hogueras en la noche
y todas las cosas que dan salud y amistad
y hacen crecer el corazón.
A las cinco del día, en el invierno,
mi madre iba hasta el borde de mi cama
y me llamaba por mi nombre
y acariciaba mi rostro hasta despertarme.
Yo salía a la calle y aún no amanecía
y mis ojos parecían endurecerse con el frío.
Esto no es justo, aunque era hermoso
ir por las calles y escuchar mis pasos
y sentir la noche de los que dormían
y comprenderlos como a un solo ser,
como si descansaran de la misma existencia,
todos en el mismo sueño.
Entraba en el trabajo.
La oficina olía mal y daba pena.
Luego, llegaban las mujeres.
Se ponían a fregar en silencio.
Veinte años.
He sido escarnecido y olvidado.
Ya no comprendo la noche
ni el canto de los muchachos sobre las praderas.
Y, sin embargo, sé
que algo más grande y más real que yo
hay en mí, va en mis huesos:
Tierra incansable,
firma la paz que sabes.
Danos nuestra existencia a nosotros mismos.

Antonio Gamoneda
España
Oviedo, 30 de mayo de 1931

03 octubre 2016

Antonio Gamoneda, Geología

Algunas veces salgo hacia las montañas
a mirar a lo lejos.
Piso unas lomas donde tierra vieja
se pone hermosa con el sol y veo
subir la sombra por los cuestos.
Ando
mucho tiempo en silencio.
Pero hay días que ando por estas lomas,
y miro hacia las montañas,
y ni allí hay libertad.
Y me vuelvo.

Yo sé bien que es inútil
buscarla como a una llave perdida,
y que también es inútil
mirar al fondo de mi corazón.

Antonio Gamoneda
España
Oviedo, 30 de mayo de 1931
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18 mayo 2016

Antonio Gamoneda, Caigo sobre sus manos...

Cuando no sabía
aún que yo vivía en unas manos,
ellas pasaban sobre mi rostro y mi corazón.

Yo sentía que la noche era dulce
como una leche silenciosa. Y grande.
Mucho más grande que mi vida.
                               
Madre: era tus manos y la noche juntas.
Por eso aquella oscuridad me amaba. 

No lo recuerdo pero está conmigo.
Donde yo existo más, en lo olvidado,
están las manos y la noche.
                                           
A veces,
  cuando mi cabeza cuelga sobre la tierra
y ya no puedo más y está vacío
el mundo, alguna vez, sube el olvido
aún al corazón.
Y me arrodillo
a respirar sobre tus manos.

Bajo y tú escondes mi rostro; y soy pequeño;
y tus manos son grandes; y la noche
viene otra vez, viene otra vez.

Descanso
de ser hombre, descanso de ser hombre.

Antonio Gamoneda
España
Oviedo, 30 de mayo de 1931
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11 noviembre 2015

Antonio Gamoneda, Ida y vuelta...

Has cruzado despacio la ciudad.
Por una vez, tú no vas a trabajar
ni a comprar una medicina ni a entregar una carta:
has salido a la calle para estar en la noche.

Tienes suerte esta vez:

toda la noche es tuya y te envuelve

y tú te sientes como si fueras a reunirte con tu madre y piensas
que quizás es bueno existir debajo de las estrellas.

Avanzas en la oscuridad y vas sabiendo 

que también es bueno ir por las calles y escuchar tus pasos
y sentir la noche de los que ya duermen
y comprenderlos como a un solo ser,
como si descansasen del mismo cansancio
todos en el mismo sueño.

Pero avanzas más.

Ahora ves

la pobreza insomne, ves el frío
blanco y carnal, y, finalmente, sientes
que pesa mucho, demasiado,
tu corazón.
Y retornas.


Antonio Gamoneda
España
Oviedo, 30 de mayo de 1931
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13 junio 2010

Antonio Gamoneda, Amor


Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.

Cuando revuelvo tus cabellos
algo hermoso se forma entre mis manos.

Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.

Antonio Gamoneda
España
Oviedo, 30 de mayo de 1931
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