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30 noviembre 2017

Prometeo, Miguel Iriarte

Prometeo
Yo no me voy, amor.
A qué dejar tu cuerpo
Flotando abandonado en su círculo de sueños,
 Desnudo,
Laguna sin bordes que corta
 toda retirada.
El reino de tu piel contra la noche
Perdiendo mis fuerzas de amante
 que se escapa
Me detiene.
Yo no me voy. Nada gano.
No puedo poner un pie fuera de ti
—mujer que me tomas al vuelo cada ansia—
Porque me escondes en tus piernas
 la camisa del viaje
y me dices ardiente:
“Vete de mí, pero me voy contigo”.
Y he aquí que estoy
 Anudado a tu fuego,
Inventándome fugas a tus alrededores,
Fiel (pese a mis alas)
al rojo de la hoguera.
Miguel Iriarte
Colombia

Sucre, 1957

30 octubre 2017

Miguel Iriarte, Morena luna

I.
Morena Luna
Aquí estoy yo
Satélite perdido que espera tu saludo.
¿Cuándo cruzas de luz mi desierta mirada?
Boca morena
Herida fuente que moja
Mis permanentes sueños de tibieza.
La noche antigua de tu pelo
(negro como la lágrima que llora la obsidiana)
nunca me deja conciliar el sueño.
¿Será porque me enredan el miedo y el deseo?
Morena,
Luna llena con todos mis desvelos.
Mi corazón que estaba cabizbajo
Volvió a poner sus ojos en el cielo.
II.
Hoy eres mi sed
 Gota de agua.
Te bebo en cada sueño
y me lavas por dentro.
Y en el obscuro miedo
 de perderte
eres la luz de una luna
 desnuda
en tu pezón moreno.
Sobre el asfalto de la noche
la luz pone sus huevos en un viejo sendero.
Y naces tú, desnuda luna que camina
y derramas un agua-luz que moja el alma
Y matas una sed que al alma anima.
Morena Luna
¿Cuándo cruzas de luz mi desierta mirada?
Miguel Iriarte
Colombia
Sucre, 1957

26 octubre 2017

Magdalena en el río, Miguel Iriarte

En el verano,
Después de largos días de camino
Buscando aguas y hierbas nuevas
Para calmar la inquietud de los ganados,
Llegábamos hasta la corriente serena del San Jorge
(un poco más arriba de Santiago Apostol)
Donde era seguro encontrar muchachas encendidas
Por el fósforo pasional de la subienda
Y casi desnudas por el ardor y la pobreza.

Entonces corrían en tropel a los corrales
Para cambiar un poco de vitualla
Por pescado, o por amor,
Muertas de risa y sin sostenes
Mientras componían el rancho abandonado en el invierno
Y sacaban culebras y alacranes del techo y los rincones
Con la tranquilidad del que arregla los santos de un altar.

A una de ellas, Magdalena,
Para que yo le cantara dos rancheras nuevas que aprendí
Le gustaba llevarme en su canoa de Ceiba por las tardes
Río abajo
Entre remolinos de agua turbia,
Gritería de loros y alcaravanes
Y nubes inmensas
De pájaros espantados con su risa.

Por allá lejos, en el enredo antiguo del manglar
Anclaba la canoa en las raíces
y me ofrecía sus piernas desatadas
para que acomodara la orfandad de mis huesos
contra unos muslos suaves
sabios ya en el oficio de exprimir jornaleros.
Entonces yo cantaba
Mientras ella movía una mano en el agua
Para hacerle un murmullo a la canción.

En los días Santos de ese abril me daba dulces
De ciruela y mangos y otras mieles
Y yo la dejaba escuchar canciones y novelas
En la radio.
Miguel Iriarte
Colombia
Sincé, Sucre, 1957

17 octubre 2017

Reseña de Salvador, Miguel Iriarte

A Salvador Acosta, sordo.

Los papeles en desorden del recuerdo
Borrosamente discuten su figura
Por los alrededores más o menos de magia
De mi infancia.
(El era el paso firme y la alegría puestos en fuga
por los años)
Forjando el hierro en una fragua rústica
Hecha a mano
 Como cada arruga de su suerte
 Como cada grado de su curvada
espalda
Martillaba y reinventaba el fuego
 todo el día
Sin importarle el progreso de las sombras,
En un taller-cocina-cuarto-y-sala
Casi acostado sobre un arroyo seco
Que se cansó de extenderle invitaciones
Al desastre.

Y no oía. Nada oía.
Ni el murmullo de los sueños lejanos en el tiempo
Que a veces regresaban a posarse en sus sienes
Y que él espantaba a manotazos
Cuando estorbaban en su oficio de herrero.
Ni los pájaros muertos de sus nietos
Ni la conversación de la candela
Ni el quejido del yunque
Ni el tropel ensayado mil veces de su yerno Ismael
–el Cojo–
Y de los hijos del Cojo Ismael
(solo boca y pobreza adheridos al cobre del trombón)
Que tocaban todos en la banda.
Salvador se llamaba y era sordo.
Tal vez más poeta que habitante.
Encorvado profeta que dialogaba a diario
Con la alquimia de un mundo
Que iba y venía de las cenizas.
También mataba
 ganado a domicilio.
Y creo que otro hijo suyo tocaba
De año en año
el acordeón.
Miguel Iriarte
Colombia

Sincé, Sucre, 1957