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18 noviembre 2017

A Miguel, Olvido García Valdés

Te habías quedado todo el día
allí, de pie, mirando las montañas,
y era, dijiste, alimento
para los ojos, corazón
quebrantado. Yo pasaba, parece,
en el atardecer,
andando en bicicleta por un sendero.
Lo cuentas y quedo contemplándolo
con esperanza, una buena esperanza
nodriza de la vejez. Yo lo llamo
dulzura, la música dulzura que conforta
o hidrata la aspereza. Algunos niños
cercanos al autismo, cuando crecen,
imprimen o padecen movimiento
constante, un ritmo de hombros
ajeno a cualquier música, latido,
circulatoria sangre propia, sin contacto.
Sólo a veces sus ojos buscan
engañosamente; no hay dulzura
ni aspereza, un sonido
interior los envuelve, sangre roja.
Contemplo las montañas de tu sueño,
busco en ellas tus ojos.
Y escruto, sin embargo, el corazón,
las junturas y médula, los sentimientos
y pensamientos del corazón. Nada hidrata.
Nada amortigua. Escrutar es áspero
y no lame. Las horas últimas
de la vigilia: sabia
la disciplina monacal que impone
levantarse a maitines. Enjugar,
sostener, confortar: mirar la noche.
Volver al corazón. Entonces ya la música
es azul, azul es la dulzura. Pedir.
Olvido García Valdés
España
Santianes, 2 de diciembre de 1950

31 octubre 2017

Noticia de un hombre, Concha Lagos

Dicen que era de barro,
con luz en la mirada.
Sembró la flor del trigo
y recogió cizaña.
Quizás estaba escrito
y el Destino marcaba,
con signos de tristeza,
un camino sin agua.
No le valió el amor
ni el fuego de la entraña.
Ni siquiera los versos,
su canto de esperanza.
Ahora, Miguel, ya tienes
tierra y pena enterrada. 
Concha Lagos
España
Córdoba, 23 de enero de 1907/
Madrid, 6 de septiembre de 2007