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25 mayo 2018

Alfredo Vanín, María hija del mar

Nadie puede desprenderse de ti
de tu nombre que significa arenas y navegaciones
ni siquiera cuando la estrella está más alta.
El fuego reconoce a los suyos,
a los brotados de la espiga.
Las esbeltas siluetas nacidas de los humos
no sobreviven en las grandes borrascas
son apenas nombradas por un murmullo grácil.
Y así eres en medio de los nacimientos
guiada por la que se oculta entre flores
y decide contigo los designios del delfín y el velero.
Nadie, María de la Mar,
puede apartar la cara del sudeste
sin alabar el leve corazón que despierta
junto a la ciudad que como tú se adorna con gladiolos
y creces como el vino, llena de música y de límites
y de luces rientes
donde presides como sacerdotisa los misterios salados.
 Alfredo Vanín
Colombia
Timbiquí 1950

09 enero 2018

Alfredo Vanín, Nocturno a Elena

Usaba zapatillas doradas para protegerse del frío abismal de la sabana en los últimos años de un siglo que murió sin respiro era a su manera valiente como un sueño perdido entre usureros y tenía dos hijas que dormían como alondras nocturnas y correteaban como alondras despiertas
por los cuartos estrechos donde las tres cabían sin estorbo
y hasta quedaba espacio para beber un vino o fumar largamente mientras hacía guiño alguna estrella.
Despedida de los vendavales marinos
declamaba un poema de Neruda en el que un ancla jubilada
cruzaba la luz de Antofagasta
(decía haberlo conocido por mí y la verdad
he olvidado las anclas y Neruda se ha muerto).
Esta Elena nunca llegó a Troya, tal como aquel demiurgo lo constata
y por lo tanto todo fue una nube: las rabietas de Menelao
y hasta el regreso a Itaca.
Elena quedó entre sus alondras
sin importarle un higo el diente del invierno
ni la amenaza de los devoradores de caballos. 
Alfredo Vanín
Colombia
Timbiquí 1950