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04 diciembre 2016

Czeslaw Milosz, Dedicatoria. Varsovia 1945

Vosotros, a quienes no pude salvar      
Escuchadme.    
Intentad entender estas simples palabras, ya que de otras me avergonzaría.  
Os juro que en ellas no hay hechicería.
Os hablo en silencio como una nube, como un árbol.   

Aquello que me fortaleció a mí, para vosotros fue mortal.         
Confundisteis el adiós a una época, con el advenimiento de una nueva              
–Odio confabulado de belleza lírica.      
Fuerza ciega de forma completa.           

He aquí un valle polaco de ríos anémicos. Y un inmenso puente             
perdiéndose en la niebla. He aquí una ciudad vencida,
Y el viento arroja alaridos de gaviotas sobre vuestra tumba      
Mientras os hablo.        

¿Qué clase de poesía es aquella que no salva   
Naciones o pueblos?    
Una conspiración de mentiras oficiales.              
Una tonadilla de borrachos cuyas gargantas serán cortadas de inmediato,        
Una conferencia para señoritas.             
He deseado la buena poesía sin saberlo,            
He descubierto, ya tarde, su saludable objetivo.            
En ella y sólo en ella, encuentro salvación.         

Se solía esparcir millo o alpiste sobre las tumbas             
Para alimentar a los muertos que volvían disfrazados de pájaros.          
Aquí os dejo este libro, vosotros quienes alguna vez vivisteis  
Para que nunca más volváis.

Czeslaw Milosz
Lituania
Šeteniai, Lituania, 30 de junio de 1911
 Cracovia, Polonia14 de agosto de 2004

12 diciembre 2011

Eso (Czeslaw Milosz)

Ojalá por fin pudiera decir qué está en mí.
Gritar: gente, les mentí
diciendo que eso no estaba en mí,
cuando eso está ahí siempre, días y noches.
Aunque gracias a eso supe describir sus ciudades inflamables,
sus cortos amores y juegos desmembrándose en humus,
aretes, espejos, el deslizar de un tirante,
escenas de alcoba y de campos de batalla.
Escribir fue para mí estrategia de protección,
de borrar las huellas. Porque a la gente no puede gustarle
aquél que alcanza lo prohibido.

Llamo en mi ayuda a los ríos en los que nadé, lagos
con puentecillos entre cedazos, valle
en cuyo eco la canción duplica la luz del anochecer,
y confieso que mis extáticos halagos a la existencia
sólo pudieron ser entrenamientos de alto estilo,
Pero abajo estaba eso, que no me atrevo nombrar.

Eso se parece al pensamiento de alguien sin hogar, cuando
atraviesa la ciudad ajena, congelada.

Se asemeja al momento cuando un judío cercado ve aproximarse
los pesados cascos de los gendarmes alemanes.

Eso es cuando el hijo del rey se dirige a la ciudad y ve el mundo
real: pobreza, enfermedad, vejez y muerte.

Eso puede ser comparado con el inmóvil rostro de alguien
que entendió que fue abandonado para siempre.

O con las palabras del médico sobre la sentencia inevitable.

Porque eso significa enfrentar un muro de piedra
y entender que ese muro no cederá ante ninguna de nuestras súplicas.

Czeslaw Milosz
Versión de Agnieszka Kawecka