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29 julio 2018

Yutaka Hosono: Las mejillas coloradas de mi madre

En los inviernos
se hicieron más coloradas las mejillas de mi madre,
y brillaron vivamente, de especial manera,
aquel invierno del año cuando se perdió la Guerra.

En ese entonces por el golpe de la derrota,
se enfriaron aún más los corazones de la gente.
Ese frío hizo que la nieve fuera más intensa
en la zona semirural que está en las afueras de la ciudad de Yokohama.

Y a medianoche cuando vinieron a buscarla,
mi madre salió desafiando el viento glacial sobre su bicicleta,
amarró el maletín negro al portaequipajes, y partió hacia la casa
donde esperaba la encinta aguantando sus dolores de parto.

Siempre vinieron a buscarla en las altas horas de la noche,
mi madre antes de salir averiguaba sin falta la hora del plenamar.
mi hermano menor y yo, que éramos estudiantes de primaria,
nos aferramos a las ropas de la cama,

y abrazando el vacío que quedaba
después de la salida de nuestra madre,
le pedimos que nos jurara
que regresaría pronto.

Cuando empezaba a amanecer, en el crepúsculo,
percibía en la espalda la resonancia del primer vagido,
mi madre retornaba precipitadamente a casa por la carretera de Hachiouji,
y yo la estaba mirando en el sueño.
Yutaka Hosono
Japón
Yokohama, 1936

14 noviembre 2017

Shuntaro Tanikawa, Secreto

Alguien oculta algo.
     No sé quién,
     no sé qué.
     Si lo supiera lo sabría todo.
     Aguanto la respiración y escucho
     el rumor de la lluvia por el suelo.
     Algo estará ocultando.
     Cae para que sepamos su secreto
     pero no puedo descifrar su código.
     Me escurro en la cocina,
     husmeo,
     veo la espalda de mi madre.
     También oculta algo.
     Piensa en sus cosas mientras ralla un rábano.
     Me intrigan los secretos
     pero nadie me cuenta nada.
     Me asomo al agujero de mi pecho:
     sólo veo, nublado, el cielo negro.
 Shuntaro Tanikawa
Japón
Tokio, 1931

29 agosto 2017

En Siena, Aizawa Keizo

Mi ángel cruza la plaza con un helado,
deslizándose junto a un auto,
en la sombra oscura de un castaño.
La cara de un niño que revienta de felicidad,
mi ángel se acerca aquí,
hacia un viejo que se desmorona,
que se cae en los escalones de una catedral donde duerme Santa Catalina.
Sonriendo, se acerca cruzando campos y montañas
en medio del verano, llevando mucho tiempo aquí,
yo, con el pelo veteado de gris,
el corazón rebosando de gratitud y calor.
Como si me dijera que él, también, está agotado por este largo viaje,
mi ángel conciliador se acerca
con un helado en ambas manos,
aún tan fresco como el lejano día en el que nos conocimos.
Con el tiempo, la aparición del viejo desaparecerá de los peldaños de la plaza,
el otoño, después el invierno. Para que no caiga una helada,
por favor, tiernísima banda de ángeles, abran sus alas de siete colores,
y por mi ángel que sostiene un helado,
apóyense con amor.
Aizawa Keizo
Japón